Fue Margo Glantz quien bautizó como literatura de la Onda a la narrativa producida por José Agustín, Gustavo Sainz y Parménides García Saldaña. Aunque en dicha corriente surgida a mediados de los años sesenta solía incluirse a otros escritores (Gerardo de la Torre, Jorge Arturo Ojeda, Luis Carrión, René Avilés Fabila...) sólo los tres mencionados en primer término corresponden a las características que llevaron a Glantz a etiquetarlos de tal modo.
¿Por qué la Onda? ¿De dónde procede? ¿De qué se trata? Ocurrió que los jóvenes, sobre todo los adolescentes capitalinos de la década de los sesenta usaron como muletilla la palabra onda: “¿qué onda?”, “¿cuál es la onda?”, “estás fuera de onda”, “agarra la onda”, “¡qué ondón!”, etcétera, eran expresiones para referirse a cierta pertenencia a un status determinado, a algún estado de ánimo, a la correspondencia con una frecuencia, a la comunión de ideas y actitudes de toda una generación.
Así, el término onda define —aunque siga disgustando a los autores involucrados— con claridad la identidad de esos escritores y de sus personajes.
Pero la Onda va mucho más allá del cliché idiomático, conlleva connotaciones de mayor envergadura pues retrata gran parte de los modos de vida, inquietudes y propósitos de los jóvenes sesenteros (y posiblemente de los de finales de la década procedente), que podrían resumirse en el concepto de rebeldía ante los modelos sociales, familiares y hasta políticos establecidos.
En las novelas de Agustín, Sainz y García Saldaña sobresale el desenfado para decir lo que había que decir, y por supuesto el retrato de un mundo hasta entonces inédito. Los críticos del momento, insisto, no podían comprender por qué esos escritores contaban cosas banales, sin sustancia, como el hecho de que sus personajes se reunieran en cafeterías para intercambiar información de sus ligues amorosos, de sus conflictos familiares, o simplemente para hablar de rock, de películas, para alburearse, para mentarse la madre, para fumar marihuana y despotricar contra la familia, el gobierno, la religión.
En La tumba, José Agustín presenta a Gabriel Guía, de diecisiete años, quien tiene automóvil y bebe whisky como desenfrenado y se liga a cuanta muchacha se atraviesa en su camino (incluida una tía, hermana menor de su padre) mientras se burla de sus maestros de su preparatoria, de su familia y de él mismo, y mientras tanto atestigua cómo el matrimonio de sus progenitores se desbarata irremediablemente.
En Gazapo, Gustavo Sainz nos lleva tras los pasos de un grupo de amigos (Vulbo, Menelao, Jacobo, Gisela...) que tienen en común no estar de acuerdo con los modos de ser de los adultos y actúan en consecuencia: Menealo, que se dedica a seducir a Gisela, se va de su casa como reacción ante la incomprensión de su padre y su madrastra (su madre vive sola, luego del divorcio) y todas sus acciones son un alegato de rebeldía disfrazada de juego o de fiesta (llevan a su abuela paralítica a remar en el Lago de Chapultepec). Poseen grabadoras (el gran invento en esos tiempos) y escuchan rock y leen libros extranjeros y comienzan su relación con el sexo, el alcohol y drogas suaves. Con la irrupción de Parménides García Saldaña se reforzó esa tendencia hacia el desenfado y la rebeldía: su novela Pato verde (1968) y luego el volumen de cuentos El rey criollo (1970) le dieron carta de naturalización entre los escritores de la Onda; debe decirse que la literatura de García Saldaña, si bien mantuvo líneas similares a las de Agustín y Sainz, fue mucho más corrosiva, porque no sólo enfocó sus baterías en contra de los adultos sino contra la religión, Dios, la vida.
La muerte interrumpió la labor creativa de Parménides García Saldaña, quien además de sus libros mencionados publicó uno de poemas: Mediodía (1975). Y por Beatriz Espejo (“Parménides García Saldaña o la intensidad de las pasiones”, en Hacerle al cuento, 1994) tengo noticias de que dejó una novela aún inédita, ¿No quieres rocarolear?, del más puro espíritu ondero.
Los escritores de la Onda dejaron una herencia invaluable: enseñaron a escribir de otro modo, abordaron temas hasta antes de ellos no literaturizadas, y en consecuencia expandieron las posibilidades de nuestra narrativa: hasta la fecha es posible hallar su eco, sus resonancias.
Fragmento del artículo delescritor Ignacio Trejo Fuentes tomado de Avantel.com
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martes, mayo 16, 2006
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2 embarradas:
ke buena onda...
Muy buen post, me sirvió mucho para un programa de radio que haré sobre el tema.
Muchas gracias
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